CELTICS 116 – WARRIORS 100 (2-1)
Doce años después, las Finales de la NBA regresaron a uno de sus escenarios premium a unos centímetros del viejo Garden, el lugar donde los Celtics ganaron 16 de sus 17 anillos. Ocho seguidos, once en trece años.
Los Warriors son, como los Celtics y los Knicks, una de las franquicias originales de la Liga. El primer campeón (1947) y la última gran dinastía. Hemos visto a este equipo cambiar dinámicas, silenciar gradas, congelar el infierno: 26 eliminatorias seguidas ganando al menos un partido a domicilio, algo que nadie más ha hecho y que es, ahora, mismo, el factor X de las Finales.
Los Warriors tienen que aferrarse a esos datos que enhebran su gen competitivo, reencontrarse a tiempo como han hecho tantas veces. Porque la alternativa, si no, es el Garden, un desastre para unos Warriors que perdieron toda la aceleración de su espectacular sprint en el segundo partido.
Los Celtics responden en todos los frentes
Los Celtics ganaron con un merecimiento rotundo. Y, sin embargo, les faltó velocidad punta y precisión para no dejar el partido tan vivo al descanso (68-56) y temple para evitar otra pesadilla, por tercera noche seguida, en el tercer cuarto: de 77-64 a 82-83, una improbable ventaja visitante con Stephen Curry bailando en los espacios que decidió concederle el plan defensivo de Udoka.
¿Quién será el primero que consiga mantener el rumbo dos partidos seguidos? Si son los Celtics, mañana, tendrán tres puntos de partido, un 1-3 que solo ha perdido un equipo en la lucha por el título: estos Warriors, claro, en 2016 y en su caso además con factor cancha a favor. Una victoria de los Celtics mañana, en definitiva, sonará a match-ball.

