Balzac decía que el político, cargante o sublime, absorbente y dominante, no debe quejarse nunca de una traición
Por José Guadalupe Rocha Esparza
De la mano de Honorato de Balzac, se desprende la pluma infatigable del genial novelista galo en 137 obras, realista narrador del mundo bullante de París, que hace desfilar por páginas inmortales virtudes, pasiones, anhelos, crímenes, triunfos y fracasos, una humanidad compleja que sufre y ríe, de observaciones frías, agudas, acertadas, desnudas y desvergonzadas.
Decía que el político, cargante o sublime, absorbente y dominante, no debe quejarse nunca de una traición, por su manía de coleccionar objetos bellos, como oposición a la política, que colecciona secretamente las más atroces acciones, sin piedad ni consideración, sin corazón ni un amigo, ajeno a los sentimientos sin inquietarse, que olvida ciegamente los servicios de ayer.
Afirma que la vida de los ociosos es un robo social, porque consumen sin producir nada; que para los millonarios no hay patíbulos ni verdugos; que, en lugar de estar cavilando en fantasías, lo que se debe hacer es trabajar; que la diaria comedia humana retrata laberínticas relaciones emocionales y sociales, ilusiones perdidas, esplendores, miserias todas de carne y hueso.



