Por José Guadalupe Rocha Esparza
En México somos proclives al pensamiento mágico, arraigado a nuestra forma de ser, surrealista, religioso y hasta supersticioso que fascinamos a los extranjeros con momias, ánimas, vampiros, zombis y extraterrestres, pócimas y ritos milagrosos, astrología, ovnis, fenómenos paranormales e incluso la viva emoción que domina a la razón en las elecciones políticas.
La creencia colectiva es, muchas veces, una coraza para la razón, un halo en el que se anida aquello en que se quiere creer y se desecha, sin análisis racional, lo que contradice nuestros credos: amuletos para espantar la mala suerte, espejitos milagrosos, esconder a las embarazadas de los eclipses, clavar cuchillos para ahuyentar la lluvia o esperar la conjunción de Piscis.
Conviene pensar de manera cetética, escéptica, reflexiva y cuestionadora, opuesta al pensamiento dogmático para bajar la superchería, hija de la ignorancia, avanzando hacia una sociedad madura, no imberbe, aunque demos por sentado que en los aviones no exista la fila 13 y que el piso que sigue al 12 es el 14 en los hoteles. ¿O vamos al cine para ver “La Llorona”?



