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miércoles, abril 1, 2026

EL JUICIO

Esta es una historia ya conocida cuando el pueblo, en su infinita sabiduría, eligió a un ladrón asesino sobre un hereje que se decía rey, el aparato de justicia justificó la tortura y pena de muerte del sujeto en cuestión porque la voluntad popular así lo quiso.

Eran días aciagos en esa parte del imperio. El gobernador a quien le urgía quedar bien con el lejano emperador, estaba dispuesto a todo con tal de conservar la paz en esos lejanos territorios.Era Pascua, miles de peregrinos se congregaban en esa ciudad donde le correspondía mantener la estabilidad, recoger los tributos e impartir justicia.

Todo parecía normal, pero a sus oídos, engrasados por decenas de espías que tenía por toda la ciudad, llegó la noticia de un agitador que había molestado a la jerarquía local debido a que argumentaba que él sólo obedecía a un rey superior que además era su padre. Era cuestión de tiempo que le cayera ese asunto y así sucedió. Se presentaron ante él los líderes locales que le pidieron aprehender al agitador. ¿Con qué cargos? Les preguntó. “Sedición”. No reconoce ni la existencia del imperio. “Tráiganlo pues”, les concedió sin muchas ganas.

Después de una operación de espionaje y por la traición de un amigo cercano del agitador, la policía local lo detuvo con lujo de violencia después de una cena y lo llevó esposado ante el gobernador. Este lo interrogó y concluyó que le parecía que no estuviera cometiendo un delito, más bien pensó que predicaba una religión extraña. Pero no quería quedar mal ante los insidiosos caciques locales porque podrían causarle problemas. “Hoy es Pascua, es tradición que se liberen algunos presos, ustedes decidan”, les dijo el gobernador. “¡¡Que decida el pueblo!!”, dijo el patriarca religioso y se retiró a la explanada del palacio donde habían reunido a los feligreses de su templo y algunos curiosos que ahí se congregaron. “Aquí está el pueblo reunido”, gritó, “¡¡que el pueblo decida a quien libera!! Traigan a los reos”, ordenó.

Dos personas andrajosas, atados de las manos, con señas de haber sido golpeados, fueron llevadas por soldados imperiales ante la muchedumbre. El líder religioso local arengó a la multitud, “pueblo, por derecho sagrado nos toca liberar a un reo y arrancarlo de las garras de la muerte. ¡¡Elijan!! Este es un asesino y ladrón, mató a un odioso cobrador de impuestos y es conocido como salteador de caminos. Su nombre es Bar Abba y este otro, es un sedicioso, blasfemo, se ha atrevido a negar la existencia de dios y él mismo se dice rey. Es de Nazareth y se llama Yeshúa. Pueblo, ¿a quién liberamos?”, “¡¡A Bar Abba, liberen a Bar Abba!!”, gritaron los ayudantes del patriarca y la multitud los siguió, “¡¡sí a Bar Abba!! A Bar Abba!!”. El gobernador imperial, sin recuperarse de su asombro,  solo acató a decir “se hizo justicia, suelten al ladrón, llévense al hereje”.

Como dictaba el procedimiento, los religiosos locales entregaron el reo a la guardia imperial que eran los encargados de ejecutar la sentencia de muerte. Fieles a su legendaria crueldad, los soldados del imperio azotaron y torturaron al reo para que llegara en peores condiciones a la condena final; morir asfixiado, atado  en un instrumento que el imperio había usado en sus conquistas militares para aplacar rebeliones, la cruz de madera.

La costumbre local dictaba que los condenados a muerte cargarán su propia cruz desde la fortaleza hasta el destino final para que sirviera de escarnio público a quien se atreviera a desafiar al poder establecido. La burla al hereje se consumó clavándole en la cabeza una corona de filosas espinas y colocando una inscripción en latín que significaba “salve rey…”

Muchos miembros de la asamblea que habían aclamado la pena de muerte, vieron con horror los castigos corporales que le propinaron al que consideraron un falso profeta, otros lo festejaron con sorna.

Al final de la jornada, cuando la muerte de los 3 condenados de ese día se había consumado, varios de los peregrinos que habían presenciado todo,  salían apresuradamente de la ciudad amurallada que estaba por cerrar sus puertas. Pensativo, uno de los beduinos que se dirigian a la salida, tocó el hombro de su compañero de viaje y sentidamente le soltó la pregunta que lo habia atormentado durante el dia.  “El nazareno era inocente, ¿verdad?

“No digas nada Anán, déjalo así”, le dijo su acompañante. “La justicia del pueblo es sagrada”. Cabizbajos y en silencio, siguieron caminando hasta perderse en la oscuridad.

JAVIER CASTELLON

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