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viernes, octubre 16, 2026

Gobiernos de coalición y gobiernos tipo Coahuila

En 2023, en Coahuila vimos como con las siglas PRI y PAN, sus representantes formales se repartían un pastel por el que se habían “aliado”. Este ejemplo es emblemático de la forma de actuar y de traicionar esa voluntad colectiva

Política vs. burocracia

Gobiernos de coalición y

gobiernos tipo Coahuila

“En México el poder es más codiciado que la riqueza. Si es usted millonario, le será difícil –casi imposible– pasar de los negocios a la política. En cambio, puede usted pasar de la política a los negocios”

Octavio Paz

Los gobiernos de coalición tienen numerosas virtudes, pero no es sencillo procesarlos. ¿Qué es un gobierno de coalición? Pongámoslo sencillo: un gobierno de coalición es el que se integra por diferentes partidos encabezados por uno de ellos. No obstante, hacer un gobierno de coalición exige la presencia de partidos. Lo anterior significa que debe haber reglas para que la voluntad de un partido resulte ser la de sus integrantes. Esa voluntad de los militantes no debe ser suplantada por individuos que usurpan esas facultades.

Dicho de otra manera: un gobierno de coalición es el que se integra con la participación de varios partidos que representan la voluntad de sus integrantes. Qué es o qué debe ser un partido político admite numerosas definiciones. Una de ellas, la de Hans Kelsen, considera que un partido es la “voluntad colectiva, formado por la libre concurrencia de los grupos de intereses”. Aquí nos encontramos con dos conceptos: voluntad colectiva y grupos de intereses.

Sobre la base de tales consideraciones es que debemos entender lo que es un gobierno de coalición. La voluntad de una colectividad debe ser esclarecida a cada paso, consultada, sin llegar a los extremos. Una dirigencia, un pequeño comité, no puede ni debe autoerigirse como portavoz de una colectividad, de los integrantes de un partido. Peor es el escenario de un dirigente: este no se debe asumir como voz de una colectividad a la que no consulta.

Partir de la convenenciera convicción de que “el partido soy yo”, destruye cualquier posibilidad de que un acrónimo sea un partido funcional, operativo. De esa manera no es posible construir un gobierno de coalición. En todo caso, si los dirigentes, con o sin sus pequeñas camarillas, se asumen como partido, realmente dejan de ser partido para convertirse en camarillas. Esas camarillas actúan para obtener privilegios, beneficios personales o para esos pequeños grupos. Debe quedar claro: una camarilla no hace a un partido político. Por el contrario, una camarilla apoderada de la representación formal de un “partido” destruye la posibilidad de actuar en la lógica de un partido. Una camarilla que decide de manera unilateral al seno de un “partido”, o de un proto “partido”, es como dinamita que estalla en un barco.

En 2023, en Coahuila vimos como con las siglas PRI y PAN, sus representantes formales se repartían un pastel por el que se habían “aliado”. Este ejemplo es emblemático de la forma de actuar y de traicionar esa voluntad colectiva a la que alude Kelsen. En cierto modo, no se traicionó a la militancia, pues esta no fue consultada para concretar la alianza de ambos acrónimos, PRI y PAN.

Una alianza debe reflejar la voluntad colectiva de dos formaciones políticas. En esa voluntad colectiva también caben los legítimos intereses de algunos grupos. Esos grupos pueden ser empresariales, obreros o de cualquier otra índole.

Una voluntad colectiva no se adivina, sino que debe originarse consultando a esa colectividad. Cuando los representantes formales se reúnen en secreto para repartirse el “pastel”, lo que resulta es una voluntad individual, ajena a la lógica o naturaleza de cualquier partido. En algunos escenarios donde se exhiben los términos de esos acuerdos secretos, (se les suele decir “acuerdos en lo oscurito”), lo que procede es la defenestración, al menos, de los representantes formales de las siglas, como en este caso, las del PRI y del PAN. Empero, vemos que no se les arroja como perros de esas siglas, sino que ellos mismos se premian autoasignándose cargos públicos, como en el caso de los senadores Alejandro Moreno y Marko Cortés.

Para construir gobiernos de coalición se requiere de partidos que funcionen como tales. Se requieren reglas claramente democráticas para designar dirigentes o candidatos a cargos de elección popular. Se requieren reglas, no trampas.

Para que podamos hablar de la existencia de partidos, no solamente se requieren reglas que no sean tramposas. También se requiere formación política, se requiere de toda una pedagogía que garantice respeto mutuo, disciplina crítica y lealtad institucional. En pocas palabras, al seno de un verdadero partido se requiere vocación democrática y voluntad política para militar, para dirigir, para asumir una candidatura, para ejercer un cargo y para concretar acuerdos de magnitudes relevantes.

¿Qué es lo que resulta de esa ausencia de partidos? Lo que resulta es una simulación democrática caracterizada por la ausencia de un sistema de partidos y carencia total de clase política. ¿Cuál es el espacio donde se gesta una clase política? Solamente al seno de los partidos puede generarse la clase política. Ni siquiera en la función de gobierno se genera la clase política. En la administración pública solamente se gesta burocracia, pero no clase política. En los partidos es donde se encuentra el caldo de cultivo donde se gesta y crece la clase política. Eso nos lleva a esa convicción: los partidos políticos no existen, por tanto, tampoco podemos hablar, con verdad, de una clase política.

¿De dónde salieron figuras como Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo o Felipe Calderón? Salieron de la administración pública y tomaron decisiones de corte burocrático. Muy diferente es el origen de Andrés Manuel López Obrador o de la misma Claudia Sheinbaum, que se forjaron en luchas sociales e infructuosamente intentaron participar en partidos que no lo eran.

Sería deseable la presencia de gobiernos de coalición. En efecto, pero también sería deseable que hubiese partidos. Deseable es que hubiese una clase política y no una casta burocrática.

La clase política se debe distinguir como “resolvedora” de problemas. La casta burocrática es generadora de grandes problemas. Una coalición de burócratas como en el caso Coahuila, solamente puede considerarse como asociación delictuosa.

En un escenario así, no resulta sencillo hacer política. De pronto vemos que los burócratas cierran el paso a los políticos. Así, al menos debemos apoyar a las figuras que se esfuerzan por hacer política y no actos administrativos, burocráticos. Con figuras políticas, ni siquiera se necesitan gobiernos de coalición.

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