Suicidio colectivo del Madrid

Dos graves errores defensivos, de Asencio y Rüdiger, condenan al equipo de Xabi en los primeros 10′. El PSG jugó a placer ante un rival hundido. Volvieron Militao y Carvajal.

Hay trabajo para todos en estas vacaciones. Para Xabi, que anda en primero de esa carrera tan difícil que es este Real Madrid. Para el club, que ha traído dos defensas, negocia con un tercero y parece muy poco viendo lo que hay ahí y en el centro del campo, donde Vitinha tiene lo que el Madrid añora. Y para determinados jugadores de la plantilla, que necesitan un baño de modernidad en el juego sin balón. Todos estos consejos dejó en Nueva Jersey un PSG abrumadoramente mejor, que se ha sacado egos como espinas y ahora es un equipo mayúsculo. La del Madrid fue una horrible manera de perder después de un torneo aceptable. Es de esperar que no se le tenga en cuenta a un entrenador que se ha comido el marrón de dirigir a un equipo a la deriva en un torneo lleno de cocodrilos, sin ningún fichaje ante el campeón de Europa y con seis partidos en un mes de preparación. Difícilmente esto podía salir bien.

Bajo el lema de que un contratiempo también es una oportunidad, Xabi Alonso se lio la manta a la cabeza. La baja de Trent por molestias musculares tentó al técnico en quedar bien con todos, incluida su conciencia. Doloroso ahorrarse a un chaval que vino aquí como pieza de repuesto y puede irse pichichi; imposible guardarse a la Bota de Oro, que ha elevado a 44 su marca de goles en la temporada, la mejor ya de su carrera en este capítulo; temerario ahorrarse al único jugador de la plantilla capaz de desatar un terremoto sin previo aviso del sismógrafo. Así que decidió juntar a Gonzalo, Mbappé y Vinicius a costa de sacar demasiados futbolistas de su zona de confort. Para empezar, al brasileño, fuera de la banda izquierda. A Valverde, la navaja suiza, le tocó volver al lateral; a Bellingham, ayudar a achicar agua en la salida de la pelota ante el equipo líder en sacar uñas y dientes en la presión. El arranque de valentía acabó en hecatombe.

Tampoco Luis Enrique, en el momento de la verdad, se contuvo con Dembélé, que apenas había jugado dos ratitos en los dos últimos partidos. Suficientes para meterle en esa posición de delantero centro cohete que tan bien le ha ido. El Barça tenía razón: valía los 140 millones que pagó por él. Una lástima que a esa conclusión se haya llegado ocho años después.

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