La violencia es el recurso de los incompetentes.
Recurso de incompetentes
Defensa de la violencia, defensa de la estupidez
Por Ernesto Acero C.
La violencia es recurso de los incompetentes. La anterior, es antigua sabiduría que retoman sabios posteriores todo el tiempo. Cuando el diálogo no se sabe privilegiar la violencia sobreviene en alguna de sus múltiples formas: violencia verbal, violencia física, violencia moral, violencia sicológica o emocional, violencia sexual, violencia económica, violencia simbólica. El diálogo exige inteligencia para persuadir o para disuadir. Cuando la razón se ausenta, cuando no se reconoce que la razón se encuentra en el lado contrario, la violencia aparece como último recurso. Es el recurso de los incompetentes, la violencia.
La violencia es el recurso de los incompetentes, muy, muy cierto. Esa violencia puede manifestarse de mil maneras. La incompetencia es una muestra de estupidez. Y si hay algo que sobra en el mundo, es eso, la imbecilidad. Cuando fracasa la fuerza de la razón, se suele recurrir a la razón de la fuerza.
Vemos como se daña la propiedad pública; solemos observar como los bienes de particulares son dañados o destruidos. Esa es violencia y va de la mano de personas que carecen de razón, de individuos que no conocen el poder del dialogo, que carecen de señales de un poco de inteligencia.
La violencia puede manifestarse del mismo modo que la estupidez, de mil formas. La violencia puede manifestarse a gritos y sombrerazos, elevando el volumen de la voz, para evitar que se escuche la voz de otras personas. La violencia se puede mostrar también como cerrazón y sordera, abandonando el diálogo y trasladándose al terreno de una batalla de monólogos. El diálogo de sordos es el fracaso del diálogo y es más peligroso que la mismísima negación del diálogo, pues el diálogo de sordos aparenta ser diálogo cuando en realidad no lo es.
El fracaso puede registrarse entre personas, entre grupos sociales, entre naciones enteras. Hemos sido testigos de pleitos en los que los manotazos abundan luego de que fracasa la inteligencia. Hemos visto como se rompen cristales de bienes públicos con peregrinas razones de grupos sociales, lo mismo que cuando otros grupos criminales incendian autos de particulares o atacan instalaciones públicas. Entre las naciones, las guerras son manifestación de violencia, del fracaso del dialogo y el acuerdo, del fracaso de la inteligencia.
El uso de “aranceles” es una muestra de violencia que pone en evidencia un pobre desempeño en el plano de la economía y en materia de coeficiente intelectual. Si una economía, como la estadounidense, no es capaz de competir, el gobierno de ese país coloca barreras tarifarias a la entrada, creyendo que de esa manera se elevan los niveles de competitividad. Las intervenciones militares como la que vimos en Venezuela, los bombardeos estadounidenses en Irán para matar a niñas estudiando en sus escuelas, todas esas y más, son muestras de violencia y de criminal estupidez.
Grandes personajes de la historia como Nelson Mandela o Mahatma Gandhi, lograron enormes objetivos que se conocieron en todo el mundo. Uno y otro privilegiaron el dialogo y la construcción de acuerdos para resolver grandes problemas. Nace una nación, Sudáfrica, que se abre para todos luego de décadas de luchas para acabar con el apartheid, con una segregación que mató moralmente a quienes la ejercieron. De entre esos muertos salieron los arrepentidos. Arriba a la presidencia sudafricana el mismo Mandela tras grandes sacrificios. El Mahatma Gandhi (Alma Grande, en palabras de Rabindranath Tagore) deja en manos de los colonizadores británicos, el derecho de recurrir a la violencia.
Vale la pena recordar un pasaje de la excelente película (1982) que relata la saga del Mahatma. La obra fue dirigida por Richard Attenborough y con Ben Kingsley en el papel de “Bapu”. Las escenas a las que me refiero, las describe muy bien un escritor del que tomo el dialogo (https://casatibetmty.org/dialogo-entre-un-hindu-y-gandhi/):
En una de esas veces en la que su cuerpo exangüe (de Gandhi) yacía postrado casi al borde de la muerte, en su intento de que hindúes y musulmanes depusieran sus odios y sus fanatismos, un desesperado y furioso hindú irrumpe en la serenidad que reinaba en la terraza donde el desfalleciente Mahatma yacía y tiene con él el siguiente diálogo:
─ ¡Come! ─le gritó─. ¡Aliméntate! Cargo tantas culpas en mi alma que no quiero llegar al infierno llevando sobre mis espaldas el fardo de la muerte de otro inocente. ¡Ya maté a uno!
─ Sólo Dios decide quién va al infierno —contestó Gandhi.
─ ¡Es que le di muerte a un niño! ¡Estallé su cabeza contra un muro! ¡El peso de esa culpa no me deja ni respirar!
─ ¿Por qué le diste muerte? ─preguntó Gandhi.
─ ¡Es que los musulmanes mataron a mi hijo! ¡A mi niño que era así de alto! ¡Fueron ellos! ¡Los musulmanes lo mataron!
─ ¿Quieres que te diga cómo puedes compensar un poco el daño que hiciste y de paso, curar en algo el remordimiento que no te deja vivir? ─preguntó con tartajosa voz el debilitado Mahatma.
─ ¿Cómo? ─vociferó el hindú.
─Encuentra a un niño. A un niño musulmán cuyos padres hayan muerto a consecuencia de esta lucha fratricida que los está aniquilando. Sí; a un niño así de alto, como tu hijo muerto. Adóptalo y críalo como si fuera tuyo.
─ Pero, asegúrate de que sea musulmán —continuó Gandhi—. ¡Y edúcalo de acuerdo con sus tradiciones! ¡Fórmalo como lo que es: un musulmán! Y haz de él un hombre de provecho.
Las lecciones del pacifismo están a la orden del día. Es fácil destruir, pero construir vidas es casi imposible. En México, las lecciones han sido potentísimas y de ello existen ejemplos numerosos. Cito uno aquí.
En México, en septiembre de 1968, estudiantes de la UNAM y del IPN convocaron a una movilización que es conocida como la Marcha del Silencio, a la que asistieron unas 250 mil personas. Ni gritos ni sombrerazos, ni actos vandálicos, ni daños a propiedad privada ni al patrimonio público. La Marcha del Silencio fue una demostración de que la violencia es recurso de incompetentes. La Marcha del Silencio, dado el número de asistentes, es demostración de la vocación pacifista del pueblo mexicano. La violencia fue desplegada por un gobierno autoritario que torturó, desapareció o asesinó a niños y adolescentes. La violencia es recurso de incompetentes, definitivamente.



