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miércoles, abril 15, 2026

La verdad sobre Prometeo: el tributo a la multiplicidad

La verdad es que la verdad no existe, sino que en su lugar podemos encontrar versiones en torno a un mismo hecho. Esa es la verdad: la rica diversidad de las versiones.

Mil versiones

La verdad sobre Prometeo: el tributo a la multiplicidad

“No, no se debe tener todo por verdad, sólo se tiene que considerar necesario”

Franz Kafka

La multiplicidad, la pluralidad, no es una realidad fácilmente aceptable, digerible. A pesar de ello, la rica diversidad que se manifiesta en todos los campos, es irreversible e inmanente en toda la existencia. La realidad, la existencia se manifiesta en esa rica variedad y conviene reflexionar en torno al tema.

Una historia y numerosas versiones en torno al mismo asunto. Ese es el caso de la historia de Prometeo. La versión mitológica nos habla de un Heracles camino al jardín de las Hespérides que acaba disparando y dando muerte al águila (descendiente de Tifón y Equidna) que cada noche cenaba hígado del divino personaje encadenado a una roca situada en el Cáucaso. [La versión de Renato Leduc no debe descartarse. Me refiero al “Prometeo sifilítico”, del que Elena Poniatowska piensa que “nació en contra del Prometeo liberado de José Vasconcelos”].

El castigo al inmortal era terrible dado que por su condición olímpica el hígado que le era cercenado durante la noche y le crecía durante el día, por lo que el tormento pudo haber sido eterno. El castigo infligido por Zeus fue concebido como consecuencia del robo por parte de Prometeo, del fuego tomado del carro de Helios (o de la forja de Hefesto, dice otra versión), para beneficiar con este a la humanidad. Muchas son las versiones que se han dado a la saga de Prometeo (otra es la de Kafka).

La verdad es que la verdad no existe, sino que en su lugar podemos encontrar versiones en torno a un mismo hecho. Esa es la verdad: la rica diversidad de las versiones. A esa conclusión han llegado muchos, aunque uno de los que más contundentes al expresar esa tesis, es el autor de “La condición postmoderna”, Lyotard. Por eso no extraña que haya dudas acerca de la misma maternidad de Prometeo, e incluso de su hazaña, pues pareciera según algunos escritos, que Prometeo habría tomado las artes de los dioses y no el fuego, mismas que luego les servirían a los hombres para ganarse la vida.

Ahora, si hay dudas acerca de su origen materno, no se diga acerca de su trágico fin y de la causa por la que fue encadenado a una roca. Hay otra versión acerca de lo que Prometeo habría entregado a los hombres. Para Renato Leduc el tormento al que fue condenado Prometeo tiene que ver con la entrega de secretos para amar. Según esta versión la humanidad solamente conocía una posición para hacer el amor, pero Prometeo le habría abierto los ojos y le mostraría 46 maneras de hacer la misma dichosa tarea.

Para Kafka hay otras versiones en torno al mismo tema. Así, consigna que Prometeo habría sufrido tanto con los picoteos del águila que se fue hundiendo en la roca “hasta hacerse uno con ella”. La otra versión, del mismo Kafka, plantea que “la traición fue olvidada en el curso de los siglos. Los dioses la olvidaron, las águilas la olvidaron, él mismo la olvidó”. Otra versión más nos habla de una herida que se cerró de cansancio, que la piedra se cansó, el águila se cansó y el mismo Prometeo se cansó de lo mismo.

Esta es la descripción de un hecho trágico, en el que el personaje lo sacrifica en aras de beneficiar a la humanidad. Esa es la lógica de la historia, en la que lo importante es que se deje el registro necesario para hacer historia de lo que ocurre en la cotidianeidad: la historia no requiere de grandes cataclismos para hacerse presente, ni lo trascendente requiere de hechos cruentos. Una historia puede ser parte de la mitología cuando el caso lo merece, pero puede ser parte de la escatología cuando los personajes llevan a la intrascendencia. No todo es Nirvana.

Hay otras historias, como esa magnífica descripción que nos plantean con absoluta naturalidad los hermanos Gibb. Esa historia la describen en un brevísimo espacio que podría ser definido como un ‘haikú honorario’. Aludimos a “Amar a alguien”, digámoslo en castellano, aunque la verdad es que los primeros dos versos no pueden sino citarse en su idioma original: “There’s a light/ A certain kind of light” (lo que, en un pobre intento de acercarse a una traslación casi poética al español, sería: “Hay ahí una luz/ una misteriosa luz”).

De esta historia podemos encontrar numerosas versiones. Una en la voz agresivamente desgarradora de Janis Joplin. Otra versión en la locuacidad reflexiva y rebelde de Bonnie Tyler. Otra versión que muestra plena fluidez eléctrica es la de Billy Corgan y otra más la encontramos en Billy Joe Royal, con una compleja simplicidad acústica solamente comparable con las vanguardias. Versiones cercanas al reggae, o de plano en ese estilo, podríamos encontrar en los casos de Bruddah Waltah & Island After, en Busty Brown, Rita Marley o Nina Simone. Pero versiones que nos describen el mismo hecho (pues estamos hablando de un hecho, al fin y al cabo), podríamos localizarlas también en Damien Rice & Ray Lamontagne y no se diga con la versión más impresionante de todas, la de Eric Burdon & The Animals. Pero también podemos localizar manifestaciones que intentan llevar a otras esferas esa historia, como los Flying Burrito Brothers, como Gary Puckett & The Union Gap, el Blue Rodeo, Rod Stewart y otros más nos ofrecen versiones verdaderamente impensables del mismo tema. Es un mismo hecho y podrían ser inconmensurables las formas de expresarlo, de trasmitirlo, de comunicarlo. Es otro ejemplo de multiplicidad.

Más quizá es lo que falta. Queda claro que los hechos increíbles, los hechos que semejan (o lo son) manifestaciones de divinidad, provocan a la imaginación, desatan las vastas cualidades interpretativas en torno al mismo tema. Ejemplos hay de sobra y podríamos pensar que son infinitos.

No se trata de hablar de éxito o fracaso, de ganar o de perder, sino de ser, más allá de un simple estar, de un simple cambio de domicilio o de auto, de gastar a manos llenas o de rellenar letrinas. El desafío es la trascendencia o como dice el mismo Renato: “Igual ganar que perder. / Perder o ganar, igual. / A veces es malo el bien, / a veces es bueno el mal…”

¿Por qué la discusión reciente y al parecer eterna en torno a Cristo? He ahí versiones que se han escrito y que se han descrito. El más reciente de los escenarios que se han creado tiene que ver con el nombre del presidente de Estados Unidos, que en sus delirios seniles se muestra cómo se siente, como un Dios de carne y hueso.

No hace ni el menor daño la existencia de versiones distintas, hasta disímbolas al extremo. Lo que friega no es la existencia de múltiples versiones en torno a un mismo hecho, sino la inexistencia de esas versiones. Friega igual, la existencia de versiones que evidentemente son chatarra, o como el amor comprado al que alude mi estimado amigo Rigoberto Ochoa Zaragoza.

Así podemos encontrar hechos trascendentes. Lo trascendente es lo que acerca a la inmortalidad, y esa trascendencia puede encontrarse en las cosas simples, aunque no en las simples cosas. Trascendente es la gesta de Prometeo, y lo es la historia que nos relatan los hermanos Gibb, o como ocurre también en el caso de Cristo. No cabe duda que en los tres casos subyace una coincidencia: la busca de la inmortalidad, la existencia luminosa y la busca de la misma redención. Esa es la verdad, la rica e incomprendida diversidad.

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