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viernes, mayo 8, 2026

Lucha libre profesional: el arte de hacerse daño

Más allá de las capacidades físicas y atléticas de los competidores, la lucha libre es una forma de narrativa equiparable a las artes escénicas.

La lucha libre profesional, pro wrestling o puroresu, se aleja completamente de cualquier otro deporte de contacto como el boxeo o las artes marciales mixtas, esto debido a que diferencia de los antes mencionados, es un deporte completamente guionizado, es decir, todo está pactado, desde los movimientos hasta el resultado final. No es ningún secreto y, de hecho, es un argumento muy recurrente para desacreditarla, y aún con todo es un deporte que goza de una fanaticada muy sólida, desde las empresas más populares como WWE, AEW o NJPW, hasta promociones independientes. Razón por la cual cabe preguntarse, ¿cómo es que un deporte “falso” puede gustarle a tanta gente?

Más allá de las capacidades físicas y atléticas de los competidores, la lucha libre es una forma de narrativa equiparable a las artes escénicas, yendo desde las emociones más simples y primitivas como dos personas que simplemente no se agradan, hasta historias mucho más complejas y profundas.

John Cena vs Randy en WWE Breaking Point 2009

En la lucha libre profesional, a diferencia de otros deportes donde los atletas se representan a sí mismos, los luchadores interpretan a un personaje con una personalidad a través de la cual se formará la dinámica de los combates, muchas veces siguiendo el clásico choque de héroes contra villanos. En el wrestling se usa el término “face” para referirse a los buenos y “heel” para referirse a los malos, o como se les suele llamar en habla hispana “técnicos” y “rudos” respectivamente.

El face es el que sigue el camino del héroe, lucha de forma justa y limpia, es valiente, evita las trampas y transmite una imagen positiva e inspiradora al público. El heel es todo lo contrario, suele ser despiadado, cobarde, busca recurrir a trampas como golpes bajos al despiste del árbitro, usa objetos ilegales o recibe ayuda externa, siendo lo más despreciable posible para ganarse el odio de la fanaticada. Esto igual no quiere decir que no haya habido cambios en la fórmula, se han visto heels que optan por luchar de forma limpia, más para demostrar su superioridad que por honor; así como faces que son llevados al límite, optando por una actitud más violenta o recurriendo a trampas en momentos muy específicos. Así mismo, también ocurren siempre casos donde los roles se invierten y los personajes cambian de bando, con los villanos volviéndose al bando técnico, y los héroes sucumbiendo completamente al lado rudo.

Hulk Hogan haciendo su cambio a rudo en WCW Bash at the Beach 1996

Estas personalidades también varían mucho por la interpretación y caracterización que se les dé a los personajes, teniendo un amplio catálogo de personajes que van desde lo más verosímil hasta los más surreales y caricaturescos, desde atletas olímpicos, millonarios avaros, jefes tiranos, patriotas y ultra nacionalistas, artistas marciales, vaqueros, raperos, guapos narcisistas, estrellas de cine, gigantes amables, parkas bailarinas, monstruos del inframundo, hombres y mujeres con poderes sobrenaturales, surfistas, piratas, bailarines de ballet, botargas, idols, entre muchos otros.

Siendo personalidades ajenas al mundo del deporte pero que logran adaptarse al entorno luchístico, adquiriendo características que los diferencian de sus rivales y compañeros, e impregnándose en la memoria del público que no dudará en apoyar a su favorito.

Este extraño y variado elenco de personajes suele ser un reflejo de su época, país o del estilo que suele manejar una empresa, que van desde lo más familiar hasta lo más artístico o directamente cómico. Desde los rocambolescos personajes de las empresas estadounidenses, el carisma nato de los luchadores nipones, hasta los enmascarados de la lucha libre mexicana que son mitificados como si de superhéroes se tratasen.

Pero lo más interesante es ver a estos personajes enfrentarse en duelos encarnizados que mantienen expectante a la audiencia por el siguiente combate, con ello creando rivalidades e historias que nutren el poder narrativo de la lucha libre.

«Hangman» Adam Page incendiando la casa de Swerve Strickland

Algunas tienen orígenes meramente competitivos, como alcanzar la gloria ganando campeonatos importantes, otras por demostrar quién es el mejor luchador, como la eterna rivalidad entre “Mr. Personalidad” Mil Máscaras y el “Príncipe maya” Canek, dos ídolos de la lucha libre mexicana con repercusión internacional. También hay historias que llegan a un nivel personal dentro de la ficción establecida, donde resalta el odio entre los adversarios y sus deseos por destruirse mutuamente, independientemente de si hay algo más en juego, como se vio las luchas entre “Hangman” Adam Page y Swerve Strickland, donde ambos se llevaron a un límite físico y psicológico, llegando incluso a incendiar la casa de Swerve con tal de aumentar el odio entre ambos personajes, y protagonizando brutales carnicerías que ya son clásicos modernos del deporte espectáculo.

Inclusive hay casos en el que las rivalidades van más allá e involucran un subtexto político, como Hulk Hogan contra The Iron Sheik, siendo un choque entre el patroita estadounidenses y el villano iraní, siendo la rivalidad que comenzó la Hulkamania; u otras que tratan problemas personales de los luchadores, como las adcciones de Jeff Hardy en su rivalidad con CM Punk, o las disputas por el nombre de “La Parka” que llevaron a una lucha de apuestas en Triplemania XVIII

También historias de choques de clases sociales, como la rivalidad entre “The Nature Boy” Ric Flair contra “The American Dream” Dusty Rhodes en la NWA. Flair era un millonario, iba siempre rodeado de trajes caros, jets privados, alcohol y mujeres, luciendo una melena rubia con batas lujosas, representando a las clases altas, de actitud arrogante y errática, con una vida llena de excesos. Mientras que su rival, Dusty, era todo lo contrario, un hombre de origen humilde al ser hijo de un plomero y luciendo un aspecto obeso que lo alejaba del esculpido físico de los demás luchadores y lo acercaba más al público común.

Ric Flair vs Dusty Rhodes

Hay historias de todo tipo en la lucha libre profesional, historias de ascenso a la gloria, de caída, de redención, de corrupción, de odio y de amor, incluso historias de terror y de comedia, algunas siendo efímeras pero efectivas, como Eddie Guerrero contra Brock Lesnar o Will Ospreay contra Bryan Danielson, otras teniendo una extensa duración que se vuelven clásicos indiscutibles, desde L.A. Park contra Doctor Wagner Jr., Mitsuharu Misawa contra Toshiaki Kawada o los incontables encuentros entre John Cena y Randy Orton.

En las empresas norteamericanas hay un especial enfoque en las llamadas promos para contar historias, es decir, los segmentos, intercambios verbales y discursos de los luchadores, destacando tanto por el contenido de sus palabras, su fluidez y la intensidad con que son expresadas, tratando temas acorde a la rivalidad, o incluso temas personales, como la famosa pipe bomb de CM Punk en 2011 donde reveló su frustración con la empresa y su manejo, así como las promos de Mick Foley en la extinta ECW donde arremete contra el estilo hardcore y contando todo lo que ha perdido a por este negocio.

CM Punk dando su pipe bomb en el episodio de Monday Night RAW del 27 de junio de 2011

Aunque ya se dijo demasiado sobre qué distancia a la lucha libre de otros deportes y cómo se puede explotar como un arte narrativo más que una competición, lo que considero que el elemento que más explora y desentraña la narrativa de la lucha libre, es la acción y la psicología del ring. Porque de nada sirve tener personajes tan llamativos o una rivalidad tan intensa si lo más importante falla, que es contar toda esta historia en la lucha.

Al ser un deporte premeditado, todos los movimientos requieren una preparación previa como si de una danza de ballet se tratase, todo para que puedan ejecutar de forma cuidadosa para evitar provocar daño legítimo a otros o a uno mismo, y que aun así puedan verse espectaculares y devastadores, lo que lo convierte en una disciplina físicamente exigente pese a ser un deporte “falso”, razón por la cual muchos luchadores suelen venir de practicar otros deportes, como la lucha olímpica, el atletismo o el fútbol americano.

Pero, por supuesto, no es un baile de una sola persona, ya que también se requiere de un compañero que sepa recibir el daño y hacer lo que en la lucha libre llaman “selling” o “vender”, que dicho de forma simple es la forma que actúa un luchador al momento de recibir los ataques, tiene que hacer parecer que son movimientos creíbles y dolorosos.

Mitsuharu Misawa vs Kenta Kobashi en el 20 de enero de 1997

Es a través de la psicología en el ring que se cuenta la historia, es decir, el manejo de las emociones, porque no se trata de sólo hacer movimientos vistosos, sino saber cuándo aplicarlos y que estos tengan sentido. Un salto mortal desde la tercera cuerda en una lucha puede ser espectacular de ver, varios saltos mortales en la misma lucha resultan aburridos; mientras que un movimiento más simple de ejecutar como una DDT puede llegar a ser emocionante si se aplica de forma sorpresiva y, más importante aún, si tiene un peso narrativo. Tal como hace Will Ospreay, quien, con tal de salir de la sombra de Kenny Omega, ha intentado en más de una ocasión robarle su remate, el One Winged Angel, fracasando la mayoría de las veces y perdiendo luchas importantes.

Además de que el público debe sentir el dolor de los luchadores en sus expresiones y forma de vender los movimientos, porque aparte de brindar mayor credibilidad, permite simpatizar más con el luchador, ya que es más fácil conectar con aquel que recibe castigo y lucha por sobrevivir, que con quien está dominando el encuentro.

Tal como vemos en el legendario combate entre Bret “The Hitman” Hart y “Stone Cold” Steve Austin en Wrestlemania XIII en una lucha de rendición, donde a pesar de que Austin era el rudo, el público se entregó por completo al texano quien cayó desvanecido al ser sometido en la llave de rendición de Hart sin llegar a rendirse, provocando además que el canadiense se ganara el odio del mismo público y siguiera atacando a la serpiente de cascabel tras la lucha.

Bret Hart vs «Stone Cold» Steve Austin en WWE Wrestlemania XIII

A esto se suman las reacciones de los luchadores en pleno combate que forman parte del selling y le da mayor emoción al combate, como gestos burlones cuando están dominando, expresiones de dolor al recibir castigo, la frustración y desconcierto cuando no consiguen la victoria, el dolor y pesar tras ser derrotados, y la incredulidad y alegría tras salir triunfantes para el gusto de la fanaticada.

Otra característica de la lucha libre profesional, con la que me gustaría terminar, es el involucramiento del público en los combates. Si bien en todos los deportes hay una audiencia presente, en ningún otro hay una interacción entre los atletas y la fanaticada, dándole especial importancia a la reacción que tienen las personas presentes como parte de la experiencia y la narrativa.

The Rock vs Hollywood Hulk Hogan en WWE Wrestlemania XVIII

El ejemplo más comentado, pero que sin dudas es el que mejor lo ejemplifica, es la lucha entra The Rock y Hollywood Hulk Hogan en Wrestlemania XVIII, un choque de dos íconos que se volvió un combate icónico por la reacción del público, que no paraba de ovacionar eufóricamente a un veterano Hogan y abucheaban a Dwayne Johnson, y la dinámica del combate giró en torno completamente a ello, al samoano actuando casi como rudo pese a ser el bueno de la historia, y Hogan convirtiéndose en una especie de héroe.

Y así ejemplos sobran de cómo el público contribuye a que la lucha libre sea una experiencia única, tanto para hacer un combate legendario, así como para volverlos infames, coreando cánticos de apoyo para sus favoritos, expulsando salvajes insultos y abucheos a quienes más detestan, arrojando objetos al cuadrilátero, reaccionando con emoción al desarrollo de los combates y a los movimientos aplicados, celebrando cada victoria y llorando la triste derrota de un ícono.

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