México 5-1 Serbia | La última sonrisa antes de la hora

La Selección Mexicana se gustó y recogió autoestima en su último partido antes de la Copa del Mundo. Jiménez aumentó su cuota goleadora. Stankovic evitó una derrota mayor.

Feliz ensayo general antes del gran estreno. ‘El Tri’, en su versión titularísima (salvo alguna modificación) tomó aire y amor propio frente a una Serbia con pulsión autodestructiva, muy lejana de Ivanovic, Stankovic (Dejan, que no Filip), Vidic, Milosevic. Ya está. No hay tiempo para más. Esto será y para esto deberá alcanzar. En una semana sabremos si es suficiente para satisfacer el deseo colectivo, el ansia de un país anhelante de victorias y ligeramente escéptico. La Selección se hinchó de goles (Johan, Raúl, Chávez, y dos regalos) y optimismo apenas a tiempo. Nada más mexicano que eso.

‘El Tri’ ideal, dada la nómina que dispone, hizo a Stankovic una estrella muy temprano. Un centinela del Kalemegdan que rodea a Belgrado. Primero, al contener en los suelos una raya de Gutiérrez y, acto seguido, sus guantes de titanio amortiguaron un bombazo que salió de la frente de Vásquez. Pero México fluyó con lucidez y ligereza. Acarició la redonda Jiménez, con tiza en el botín, para citar a Gutiérrez con Stankovic, pero el tiro recto sólo reposó en las redes laterales del competente guardián serbio. ¿Un espejismo? El partido parecía controlado, hasta que Gallardo y Johan atacaron sin rigor a un Stanic furtivo. El ariete avanzó entre el arrepentimiento de ambos y abatió a Rangel con una suavidad poco balcánica. La inmediata respuesta del ‘Tri’ volvió a encumbrar a Stankovic: toque abierto de Quiñones, impacto de Jiménez y pétreo manotazo subterráneo del pretoriano, que no heredó la diestra de su padre, pero sí su aplomo. El padre tenía ocho pulmones; el hijo, ocho brazos.

Sucedió que ‘El Tri’ coleccionó argumentos a favor de un gol. Quiñones saludó al tercer nivel de la ‘tribuna diablos’ y Jiménez marró frente al colosal Stankovic después de un descorche de Gallardo. Pero el guardián no es imbatible, que casi. A la salida del tiro de esquina, Gutiérrez la tocó con un staccato en contra del flujo de la jugada, mientras Johan surgía frente al timorato Stulic, muy fuera de funciones. El genovés le puso el parietal para derrotar, finalmente, a Stankovic. El portero trabajó horas extra: mano cambiada para alejar a la techumbre un derechazo de Quiñones y una procesión vergonzosa para recoger la pelota desde lo más profundo de su garita. Bukinac intentó apoyarse en su impertérrito compañero, que aleja las imposibles y concede las insospechadas, las propias. Los aciertos previos le eximen, pero la grotesca caricatura la recordaremos.

Serbia: intento y autosabotaje

A Serbia le cambió la cara. Será que Toluca y Belgrado guarden alguna similitud estética y climática. También le cambió a Bukinac, ansioso de redención, que activó un zurdazo errante que echó fuegos de bengala por el poste izquierdo de Rangel. Aguirre frunció el ceño. Entonces, Alvarado recibió la pelota escorado hacia la izquierda; Quiñones hizo pasar de largo a Bukinac y destrozó el mástil de Stankovic. La carambola pegó en Raúl Jiménez, que de cuando en cuando practica una de las cualidades que identifican a los delanteros de élite: saber estar. Uno nunca sabe hacia dónde pueda botar el azar. Gol incidental y curativo. Y de gran valor estadístico: el trono de Javier Hernández peligra.

La noche en Toluca progresó hacia un ensayo superficial. Lo sabíamos. No es hora de pruebas de alta exigencia, sino ultimar detalles finales. Aguirre y Paunovic agitaron el fondo de armario con intenciones distintas: uno, para tachar pendientes de última hora; otro, para acumular experiencias fútiles. Edson, a audición final. Vega, Reyes, Mora, Martínez, por un cupo en el rol. Chávez, para adquirir sensaciones en el césped por más de 20 minutos, que ya es ganancia. Avanzaba la prueba cuando Avdic pifió un flojo tiro de esquina de Vega; la ventisca que generó la patada a los aires atolondró a Ilic. Se acostumbró al fuego amigo la Serbia de Paunovic, que salvó el quinto gol por obra y gracia del travesaño: las astillas que dejó el violento punterazo de Vega salieron desprendidas por todo el valle del dios ‘Tolo’.

Chávez afiló su instruida zurda, para espantar miedos. Porque para ello sirvió el partido. Para ganar esperanza, asustar traumas. En segunda oportunidad, Chávez obtuvo su terapia particular. Ilic no se enteró que la pelota había inflado sus redes sino hasta que escuchó el rugido del Nemesio Diez. Raya fulgurante que emitía chispas infernales a su paso. Chispas de esperanza. Las de cada cuatro años.

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