Escocia, Gales e Irlanda del Norte desafían a Londres y ponen a prueba la unidad del Reino Unido.
Por NotiPress
Ciudad de México.- Escocia, Gales e Irlanda del Norte llevaron sus históricas tensiones con Londres a un terreno poco habitual. Los tres países que forman junto a Inglaterra el Reino Unido firmaron una declaración política conjunta. El documento defiende el derecho de cada nación a determinar su futuro y convierte tres debates constitucionales diferentes en un desafío simultáneo para Westminster.
El hecho tiene una dimensión inédita desde el inicio de la descentralización británica. John Swinney en Escocia, Rhun ap Iorwerth en Gales y Michelle O’Neill en Irlanda del Norte encabezan al mismo tiempo gobiernos cuyos partidos políticos contemplan abandonar, de distintas formas, la actual estructura del Reino Unido.
Un mensaje dirigido a Westminster
El memorando no establece una fecha común para consultas ni propone un procedimiento único. Su punto de coincidencia está en quién debe tener la última palabra sobre el futuro político de cada territorio.
«Ningún gobierno de Westminster tiene derecho a bloquear la democracia ni a socavar el principio de que nuestro pueblo decidirá su propio futuro«.
Cada región tiene, sin embargo, diferentes caminos para llegar a su independencia. De hecho, el memorando admite expresamente esa falta de uniformidad:
«Reconocemos que nuestros partidos tienen posiciones constitucionales diferentes y que cada nación determinará su propio futuro a su manera y a su debido tiempo«.
Escocia: un referéndum que sigue pesando
Swinney considera que Escocia debe volver a tener la posibilidad de pronunciarse sobre la independencia. Su posición tiene la particularidad de que los escoceses ya votaron sobre la cuestión.
En septiembre de 2014, el 55% eligió permanecer en Reino Unido y el 45% respaldó la separación. Desde entonces, el Brexit agregó una nueva tensión. En el referéndum europeo de 2016, el 62% de los votantes escoceses apoyó permanecer en la Unión Europea, pero tras los resultados nacionales, Escocia salió del bloque junto con el resto del Reino Unido.
Swinney presentó la firma como un «momento significativo y crucial para Reino Unido» y sostuvo que las cosas cambiaron «para siempre«. En efecto, Swinney quiere ahora que exista la posibilidad de una nueva consulta.
Gales: independencia sin apurar las urnas
Rhun ap Iorwerth eligió una estrategia distinta. Después de asumir como ministro principal tras las elecciones de mayo, descartó convocar un referéndum de independencia durante el primer mandato de su partido.
Gales reclama cambios en la fórmula utilizada para distribuir recursos públicos y considera que el sistema actual lo perjudica.
Su gobierno pretende crear una comisión nacional que prepare futuros planes y promover antes un «diálogo nacional». Al mismo tiempo, busca ampliar el autogobierno galés mediante la transferencia de nuevas competencias, entre ellas policía y justicia juvenil.
Históricamente Gales ha sido el país periférico menos enemistado con Londres, pero esa distancia tradicional se está acortando de manera acelerada. Sus líderes endurecieron el tono contra los grandes partidos de Londres, bajo la consigna de que el Parlamento central «solo usa a Gales como un escalón político«.
Irlanda del Norte: una frontera política condicionada por la paz
En Irlanda del Norte, el debate adquiere otra dimensión ya que el oficialismo norirlandés propone la reunificación con la República de Irlanda.
O’Neill evita presentar el proceso como inmediato:
«Debemos estar preparados para la reforma constitucional cuando llegue«.
La prudencia tiene una razón política evidente. El territorio continúa dividido entre nacionalistas partidarios de una Irlanda unificada y unionistas que quieren conservar el vínculo con Reino Unido.
Los republicanos consideran la reunificación como una aspiración legítima y O’Neill sostiene que deben estar preparados para una futura reforma constitucional. Del otro lado, los unionistas defienden la permanencia dentro de Reino Unido. Gavin Robinson, líder del Partido Unionista Democrático, afirmó que el futuro de Irlanda del Norte «será decidido por el pueblo de Irlanda del Norte, no por comentarios hechos en Londres, Dublín o Washington«.
A esa disputa se sumó una presión inesperada desde Washington. Donald Trump manifestó públicamente su deseo de ver una Irlanda reunificada durante un encuentro con el taoiseach Micheál Martin: «Me encantaría verla unificada«. Incluso pronosticó que el cambio «terminará sucediendo» y señaló que Reino Unido tendrá participación en cualquier definición.
La respuesta de Downing Street
El gobierno británico defendió la continuidad del Reino Unido ante el reclamo conjunto de Escocia, Gales e Irlanda del Norte. El primer ministro británico, Andy Burnham, rechazó el referendo y enfatizó en que la convocatoria a nuevos referendos de independencia se mantiene completamente «fuera de los límites«. Además, descartó de plano que su administración vaya a involucrarse en debates de carácter constitucional que pongan en duda la integridad territorial.
El mandatario laborista sostuvo que el «Reino Unido funciona mejor cuando promueve sus valores compartidos de forma conjunta para resolver los problemas de todos, en lugar de dividirse«. Su gobierno señaló que la prioridad absoluta del Ejecutivo central debe ser resolver los asuntos que verdaderamente impactan en las familias británicas, tales como aliviar las presiones sobre las finanzas de los hogares y garantizar una mayor seguridad económica.
El impacto para todas las naciones por igual
Si Escocia, Gales e Irlanda del Norte se independizaran, Inglaterra se quedaría prácticamente sola, transformando radicalmente la escala geográfica y demográfica del país. El Reino Unido perdería el 47% de su masa terrestre. Escocia representa el 32%, Gales el 9% e Irlanda del Norte el 6%. Alrededor del 15% de la población total abandonaría la Unión (unos 10.5 millones de personas).
En materia económica, aunque Inglaterra domina de forma abrumadora la producción de riqueza, la salida de las tres naciones periféricas amputaría una porción significativa del músculo económico británico.
La ruptura también despojaría a Londres de activos críticos:
- 90% del petróleo y gas: La gran mayoría de las reservas británicas de hidrocarburos del Mar del Norte se encuentran en aguas territoriales escocesas.
- 25% de la energía eólica marina de Europa: Escocia concentra una cuarta parte del potencial de generación eólica de todo el continente europeo.
- El 100% de la disuasión nuclear: La base de Faslane (en Escocia) alberga la totalidad de los submarinos con misiles nucleares Trident del Reino Unido. Su relocalización a Inglaterra costaría miles de millones de libras y años de ingeniería.
Por otro lado, una separación total del Reino Unido fragmentaría drásticamente su potencial económico y pulverizaría gran parte de su influencia geopolítica actual. Pasarían de ser una de las principales potencias del planeta a convertirse en cuatro Estados independientes compitiendo entre sí en el continente europeo.
El papel del Reino Unido es de suma relevancia también en la ONU ya que representa una de las cinco potencias con derecho a veto en el Consejo de Seguridad. Si el Estado británico se disuelve, la comunidad internacional (y rivales como Rusia o China) cuestionaría de inmediato por qué «Inglaterra por sí sola» debería retener un sillón diseñado para representar a la Unión.
Aunque Inglaterra heredara el asiento por cuestiones de continuidad legal, su peso diplomático global en foros como el G7, el G20 y la OTAN quedaría severamente disminuido al representar a un territorio mucho más pequeño y sumido en complejas transiciones de divorcio.



