Parece que el voto razonado es una utopía, parece una ilusión, parecería una simple quimera.
¿Homerus politikón?
Los ‘hinchas’ y la realidad electoral
Por Ernesto Acero C.
Puede ser que sea más de una cosa que de la otra, pero lo es. El ser humano es un animal político y a la vez, racional: se trata del zoon politikón aristotélico. La política se asocia en nuestra realidad con elecciones, con el voto ciudadano para asignar cargos de representación popular. No obstante, existe mucha diferencia entre elecciones y ejercicio político. Con 2027 encima, año electoral, conviene pensar en ese sentido.
Las elecciones, teóricamente, son los procesos mediante los que el pueblo elige a sus “representantes”. ¿Cómo votan los electores?, ¿lo hacen estudiando todas las ofertas y las trayectorias de los que desean “representarlo? ¿Los electores se convierten en enciclopédicos sabios en materia electoral, política, ideológica, histórica? El mercado de la vida pública una y otra vez se muestra basto, aunque paradójicamente diminuto.
Por eso, la validez de las siguientes preguntas: ¿cómo sufraga el ciudadano?, ¿el elector vota como el señor Spock de “Star Trek”, o como Homero, el de “Los Simpson”? Para especular un poco en torno al tema, conviene convertir al elector en un consumidor.
Si el consumidor opta por una mercancía, luego entonces el elector también opta por una mercancía en la figura de un candidato o un “partido”, de unas siglas. En ambos casos, se supondría que el objetivo es lograr la máxima satisfacción, como lo plantea la teoría de la elección racional. ¿Así es o es una meta irreal?
Parece que el voto razonado es una utopía, parece una ilusión, parecería una simple quimera. En el caso de que el voto posea cualquiera de estas cualidades, no deja de ser objetivo anhelado.
Antes de analizar el tema del voto razonado, conviene una digresión. Se trata de darle un breve vistazo a la teoría que le mereció el Premio Nobel a Richard Thaler en 2017. Su planteamiento se basa en el cuestionamiento de la teoría de la maximización de utilidad esperada, la teoría de la elección racional.
De manera lo más lacónica posible, podemos definir esa elección racional como la que le genera el menor coste al consumidor y, a la vez, le genera la mayor satisfacción. Para eso, habrá que suponer que el consumidor conoce el universo de mercancías con las características que él desea.
Un ejemplo de esto, puede ilustrase con la compra de un televisor. El consumidor, supone la teoría racional, conoce las diferentes marcas, conoce las especificaciones técnicas, la diversidad de precios, etcétera. Si existen marcas como Samsung, Panasonic, Pioneer, Toshiba, Sharp, Sony, Hitachi, JVC, Mitsubishi, BEKO, Philips, Loewe, Sanyo, Daewoo, LG, Vestel, Thomson, Telefunken y Schneider. De cada una debe hacer un esmerado análisis comparativo sujeto a las especificaciones técnicas que desea en su televisor (¿es Smart?, ¿es pantalla curva o plana?, ¿de qué resolución?, ¿con qué sistema operativo?, etc.) y naturalmente debe hacer un análisis comparado de los precios.
Lo anterior significa que la teoría supone que el consumidor racional es una especie de enciclopedia ambulante, que conoce la diversidad con la que se presenta el producto que desea adquirir. Es una enciclopedia ambulante que basa su elección en una elaborada ecuación de múltiples variables que lo hacen también un experto económetra.
Sobre la base de tales consideraciones Richard Thaler cuestiona esa teoría. El economista reflexiona: “Los econs son tan listos como el más brillante de los economistas, hacen tan buenas predicciones como el mejor económetra y no sufren ningún problema de autocontrol, dado que siempre escogen lo que es óptimo. Estas criaturas son como el Spock de Star Trek. La gente real, la que yo estudio, se parece más a Homer Simpson, por lo que yo les llamo Homer economicus”. Para Thaler, la realdad pues es que el consumidor se sujeta a una serie de condicionantes en su consumo, que no son gobernadas por la mano invisible (la elección racional).
El consumidor racional, el consumidor químicamente puro, no existe. En cambio, para Thaler existe el consumidor que se muestra una y otra vez, irracional. Quizá sea un poco cruel la clasificación, pues el consumidor no gobierna y en repetidas ocasiones ni siquiera influye en las decisiones del productor. El consumidor adquiere lo que hay, no opta por lo que no hay. Además, el consumidor puede ser influenciado por los medios de comunicación, por las modas, naturalmente por sus propias condiciones económicas, etc.
Algo parecido ocurre con el elector. La teoría del elector racional supone que el glorioso sufragante conoce las especificaciones de los partidos (estatutos, principios, programas, plataformas electorales, historia, etc.) y de los candidatos (biografías, trayectorias públicas, aspectos familiares, niveles de confianza, etc.).
De la misma manera, la teoría del elector racional supone que el votante conoce las características del sistema electoral, supone que está al tanto de las noticias, de las propuestas, de los compromisos que se generan durante las campañas electorales. Otra vez, pues, como en el caso del consumidor racional, la teoría del elector racional supone que el elector es una enciclopedia especializada en materia de ciencia política, que el elector es un especialista que contrasta y en un profundo análisis, descarta candidatos y partidos y vota por el más adecuado.
La teoría del consumidor racional exige de algunas premisas que enuncia el mismo Smith en “La riqueza de las naciones”. El comportamiento racional presupone un elevado nivel de racionalidad aplicado en el conocimiento del mercado, de su funcionamiento, etc. Exige, de la misma manera, “perfecta libertad civil” y la capacidad positiva de elegir una fuente de ingresos (“dentro de los límites de la justicia, y de la razón”).
La teoría del elector racional descarta pues, de entrada, la posibilidad de que exista el voto duro. El voto duro es el de aquel elector al que no le interesa comparar partidos o candidatos, sino que desde antes de que haya candidatos, ya sabe a cuál favorecerá con su voto. Sin el “votante duro”, o sea, en la lógica discursiva antes descrita, el elector irracional, el elector de corte Homero Simpson, no existiría.
Es más, el “Homer economicus” tiene una versión extrema de lo que se puede considerar “voto duro: se trata de la versión electoral del “hincha”, localizado en las antípodas del elector racional.
¿De qué hablamos? Podríamos formar un sustantivo con el vocablo “hincha”, o sea “hinchismo”, mismo que no registra la Academia. No obstante, ya que andamos en los caminos de la imaginación, podríamos hablar hasta de “hinchismo”. ¿Qué significaría el término? Podríamos suponer que se aludiría a una teoría o a una doctrina, pero no es así. Más bien nos referiríamos a una actitud, a una conducta. Pero antes de proseguir debemos definir lo que es un “hincha”.
El hincha, nos dice Eduardo Galeano, es el vehemente partidario de un equipo de fútbol. Es el ciego que no percibe debilidades ni defectos de su equipo, pero sí las observa y hasta las inventa en todo equipo con el que se enfrenta el suyo.
Puede ser que el voto razonado esté más cerca de la utopía que de la realidad. Eso carece de importancia, pues uno de los objetivos de la democracia sin duda es la lograr que sea una realidad el elector racional. Es verdad que las utopías, que parecen inalcanzables, nos hacen caminar.



