Por Ricardo Téllez
Si no se puede mirar, es como si no existiera, y no estoy parafraseando a Santo Tomás, sino a la excesiva primacía de la imagen sobre otros aspectos mucho más relevantes en la que ahora estamos sumidos y que nos condena a una progresiva deshumanización. En su libro “Homo videns. La sociedad teledirigida”, Giovanni Sartori parte de la premisa de que con la aparición de la televisión y el video se modificó y empobreció radicalmente el proceso de aprendizaje y raciocinio del hombre, como especie, pasando de un ser pensante (homo sapiens), a un ser que solo mira como espectador (homo videns), a tal grado que se articula por sobreexposición la anulación total del pensamiento.
El consumo de imágenes ha llegado a niveles absurdos y preocupantes, además de que no se trata de consumir cualquier tipo de imágenes, sino cada vez más extremas. Una galería del horror circula día a día a través de las redes sociales y no se diga, a través de la “Deep Web”, también llamada internet profunda, internet oculta o invisible, aquella a la que no se puede acceder a través de los motores de búsqueda convencionales.
La morbosidad, el apetito por la destrucción, esa pulsión hacia la muerte (tanatos) de la que hablaba Freud, ha llevado a las personas a consumir contenidos violentos. El binomio sexo-violencia ha sido una fórmula que garantiza el éxito en la construcción y promoción de contenidos.
En la película de Stanley Kubrick, A Clockwork Orange (traducido como “La naranja mecánica”), una adaptación del libro homónimo del escritor británico Anthony Burgess, el personaje principal, Alex, hablaba de la “ultraviolencia” y de la necesidad que sentían los jóvenes de “videarla”, y esto fue a principios de los 70’s, hoy esa necesidad se ha generalizado no solo a un sector.
Cuando se dio el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, se suscitó un debate ético entre los medios de comunicación con relación a la publicación que algunos hicieron de las tomas donde se veía a gente desesperada lanzándose al vacío desde los pisos más altos, en un intento irracional de salvarse de las llamas. Algunos medios sí difundieron las imágenes, otros no. ¿Tenían derecho los medios a difundir esas imágenes en aras de “informar” a sus públicos?, ¿respondía esa difusión al interés periodístico?, ¿tendrían las personas, en esas circunstancias, derecho a preservar su imagen propia?
Cuando en nuestro estado se desató la violencia durante el sexenio pasado, los medios inicialmente fueron cautos en la difusión de imágenes que pudieran “herir la susceptibilidad”, pero poco a poco se fue haciendo ya que se observó que esto era un gancho para las audiencias, ellos querían ver.
La sobreexposición genera tolerancia y nuestra capacidad de asombro se va perdiendo, es como una adicción, cada vez consumes más y cada vez quieres algo más fuerte. En internet, hoy en día la exposición de imágenes fuertes de accidentes, ataques, muertes, son la base del éxito de programas, de sitios, de “videos virales”. Y, en nuestro afán no solo de consumidores de esos contenidos sino también de productores y difusores, se están cometiendo actos abominables: gente que en lugar de detener una agresión o un acto de “bullying”, mejor prefiere ponerse a grabarlo con su celular, compartirlo a la red y, más recientemente, a transmitirlo en vivo. En enero de este año, en Suecia, tres jóvenes violaron a una mujer de 30 años y transmitieron en vivo la violación a través de Facebook Live y luego depositaron las imágenes en Snapchat; en marzo de este año igual pasó en Chicago, donde un grupo de 5 o 6 jóvenes violaron a una menor de 15 años y lo transmitieron por Facebook Live; en agosto de este año, en Perú cinco menores de edad violaron a su amiga, quien se encontraba totalmente ebria, y lo transmitieron en vivo por Facebook Live, en el video se puede escuchar que uno de los agresores dice: “¡Si se resiste la matamos!”.
Esa misma prestación de Facebook para transmitir en vivo ha servido para difundir otros actos no menos terribles, como robos en proceso, agresiones, asesinatos y suicidios, entre otros; tan solo en el mes de marzo de este año 3 personas transmitieron en vivo su suicidio, entre ellas una menor de 14 años.
El viernes pasado, habitantes de Turku, Finlandia, fueron acuchillados presuntamente por un ciudadano marroquí de 18 años. El ataque les costó la vida a dos mujeres y 8 personas quedaron heridas. Y aunque las imágenes no fueron difundidas inicialmente por los medios de comunicación, en las redes sociales sí circularon a través de LiveLeak, una plataforma similar a la de YouTube, donde la gente puede subir videos con la diferencia de que en YouTube se censuran los contenidos, violencia y desnudos, entre otros. ¿Cuál pudo ser el interés de las personas que, sin ser representantes de medios de comunicación, grabaron y distribuyeron las imágenes de las personas agonizando tras el ataque?, ¿interés periodístico?, ¿informar a la gente?
En esta misma semana, tras el lamentable ataque terrorista en Barcelona, un sujeto desató la indignación en el ánimo de por sí sensible de la gente: se puso a grabar a cada uno de los muertos y heridos, y subió el video a las redes sociales, esto aun a pesar de los gritos de agentes policíacos que le pedían que no lo hiciera. ¿Por qué lo hizo?
Un internauta reprobó el hecho y le recriminó con un mensaje digno de analizar en estos tiempos donde la necedad de “videar” se ha vuelto una enfermedad:
“Esto es lo último que voy a decir sobre el #atentado de Barcelona.
“Si alguien ha sido atropellado y está inconsciente, aunque no sepas primeros auxilios, pides ayuda y te quedas a protegerle. No le grabas.
“Si alguien se desangra a tu lado, aunque no seas médico, intentas ayudarle y protegerle. No le grabas.
“Si alguien está muriendo a tu lado, aunque no lo conozcas, te sientas y le acompañas mientras llega ayuda. No le grabas.
“Porque cuando en vez de ser humano te dedicas a grabar, lo único que muestran tus grabaciones es tu propia inhumanidad”.
Vale la pena pensar en ello.



