‘El Tri’ inauguró el Mundial con una victoria solvente y accidentada contra una débil Sudáfrica, que terminó con nueve jugadores. Quiñones y Jiménez, anotadores históricos. Ovación atronadora a Mora.
16 años después, México devolvió los agravios de Tshabalala y Soccer City, aunque quedó cierto sabor agridulce, como en aquella ocasión. Pudo ser más y no debió ser mucho menos. Porque pocas selecciones suelen tender más a la desilusión que ‘El Tri’. Hasta los últimos minutos, la Selección supo domar y supo sufrir, lo normal de acuerdo a sus pulsiones históricas. El Mundial de 2026 le hizo justicia a Raúl Jiménez, Julián Quiñones ya es un héroe nacional por adopción y aclamación, y Gilberto Mora es el nuevo ídolo de masas que la afición ha adoptado tras la dimisión de Hirving Lozano. Y fue, ante todo, un partido que tardó 40 años. Acaso más, porque México nunca había ganado un partido inaugural mundialista en seis presentaciones anteriores. Una sonrisa que necesitaba el país.

‘El Tri’ se regodeó en los primeros compases, cobijado por un Estadio CDMX efervescente y magnífico, adornado como en las grandes tardes de antaño. Las legendarias, las de 1970, las de 1986. Las que permanecen inmortales pese a los pesares. Toque y toque. Fidalgo entre líneas, Raúl Jiménez como falso ‘nueve’. Se regodeó, sí, el ‘Tricolor’, hasta que la pelota llegó al incombustible Reyes, que tocó línea de fondo; ‘El Lobo de Tepejí’, con derechazo recto y estético, dio la bienvenida a Williams, que comenzó a sentir el rigor de Santa Úrsula. El rugido de 80,000 almas. Se ahogaron pronto los ‘Bafana, Bafana’. Lo detectó Lira, que atropelló a Sithole a su salida; la pelota la recogió Julián Quiñones, que activó segunda velocidad, enfiló hacia el centro, y abatió a Williams, a quien se le coló el fogonazo entre las piernas. Y el rugido de 80,000 almas, la venganza por Johannesburgo y Tshabalala. El recuerdo de Fernando Quirarte. Los mil problemas que se esfumaban. El grito unificador, sanador. Ay, ay, ay, canta y no llores. Un gol que tardó 40 años en volver.

Poco pasó después. Que México reposó con la tranquilidad de haber roto la tensión. Que Quiñones, que ya había espantado la ansiedad, apuntó muy lejos. Que también intentó colgarla en la cruceta de Williams. Que Brian cedió ante el ritmo del juego y se pintó de amarillo. Que la insólita pausa de hidratación, a 24 °C sin factor humedad, alejó al fútbol, un poquito más, de su aura estética y continuista. La Selección se dejó llevar por la renta conseguida. No había razón para forzar máquinas. Ocurrió que Sudáfrica recogió aire tras la pausa, lo irónico. Adams y Mokoena se atrevieron a recorrerse hacia delante y ‘El Tri’ pronto se encontró cada vez más cerca de Rangel. El Azteca también tiene esto: el runrún, el rumor silente, la sensación de que alguna catástrofe puede ocurrir. Hasta que Fidalgo, que todo lo ve y todo lo piensa, que a todo se anticipa con la parsimonia del genio, picó la pelota y Jiménez, al máximo de su flexibilidad, no alcanzó el dulce de tamarindo. Williams voló para evitar más problemas, que ya los tenía. Poco después, Quiñones buscó el rincón bajo derecho, con saña billarista, pero el metal rebotó la ilusión. El primer capítulo cerró con el rasguño fallido de Brian Gutiérrez, tan nervioso como errático y voluntarioso. Un perfecto resumen él del ‘Tri’.
El llanto de Raúl Jiménez
De vuelta a la campo, Williams envolvió la pelota a Alvarado, quien avanzó con el cuero atado a los pies mientras Sithole mascaba pasto. El interior del Betis perdió un segundo, lo imperdonable en los intérpretes virtuosos. El remate final de Brian terminó en la Casa Azul de Frida Khalo, no muy lejos de acá. Pero México se había reencontrado. Un trazo fino al espacio del Lira, que evocó al de Maradona a Burruchaga en 1986, citó a Brian con Williams. Sithole corrió por su vida hasta atropellar al pródigo de Chicago. Las piernas de ambos se trenzaron en caótico y fatal enredo. El tiro de Jiménez quedó en nada, pero Sithole ya se había ido rumbo a las probar las nuevas duchas de Santa Úrsula. Los pulmones de Foster colapsaron y Sudáfrica perdió fuelle, en tanto ‘El Tri’ explotó el costado de Okon: Quiñones, Reyes y Fidalgo, al caer a banda, encontraron auténticos prados. Por ahí, por ahí germinaría algo.

Y entonces se duplicaron los instantes felices. Dos minutos de regocijo en Santa Úrsula. El estadio de los dioses aztecas rindió pleitesía a Mora, la esmeralda verde de 17 años. La esperanza de un país, a espaldas del niño que pisa la pelota como el más curtido veterano. El auténtico y rejuvenecido ‘Niño de Oro’. Alvarado se contagió del repentino júbilo: enganchó la pelota desde la derecha y Jiménez, como Quirarte en 1986 contra la Bélgica del mismísimo Hugo Broos, atacó el mismo mariano poste, pero no cruzó el frentazo lapidario. Lo clavó en las narices de Williams. Y el rugido de 80,000 almas. Y una más, que lo mira desde muy arriba. Las gotas de lluvia que amenizaron la celebración no fueron casualidad. Las lágrimas de Raúl se mezclaron con el aguacero hasta que no fue imposible distinguir uno de otro. Canta, Raúl. Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones.
El país se quedó esperando el tercer gol. Lo que sí llegó fue el desaguisado. Un auténtico tehuacanazo. Montes acompañó a Zwane al exilio después de lacerar a Mudau. Pisotón tardío y torpe en la vía de entrada al área del indemne Rangel. La inauguración terminó con el puño en alto, pero con esa corazonada tan mexicana de que algo está incompleto.

