España 3-0 Austria | Esto es Hollywood

España ofrece en Los Ángeles su mejor imagen en el Mundial y accede a octavos. Goles de Oyarzabal (dos) y Porro y récord de imbatibilidad de Unai.

Los Ángeles se presta a una buena película, así que España no lo dudó y ofreció allí, entre palmeras y celebrities, su mejor actuación en el presente Mundial. Un partido acorde a su talento y que recordó en algunos momentos a la Selección que hace dos años ganaba la Eurocopa. Los goles de Oyarzabal (dos) y Porro fueron las guindas a ese juego de pase, ese fútbol solidario de toco y me voy, aderezado con 22 remates. España empieza a esbozar una sonrisa, ya era hora, y frente a Austria subió un escalón más hacia esa azotea en la que el día 19 se juega la gran final.

La partida de ajedrez tenía a Ralf Rangnick sentado en una silla frente al tablero. Sabe latín el alemán, escondía en su cabeza mil y un laberintos con los que complicar la vida a España. Eso sí, su alineación traslucía un planteamiento bastante más ofensivo del que alguno apuntaba en la víspera. Lo que quedó claro desde el pitido inicial es que el partido se jugaría al esprint, un continuo subir y bajar con los laterales ejerciendo de extremos y apenas tiempo para recuperar fuerzas.

Pero en toda partida de ajedrez hay dos sillas, así que, en la suya, Luis de la Fuente simulaba sacrificar alguna que otra pieza para hacer que la defensa austríaca diera unos pasitos hacia adelante. Había que tocar a la puerta para que Seiwald y Xaver Schlager, los dos perros de presa del rival, abandonaran su zona de confort. Cada vez que lo hacían, Olmo encontraba un latifundio por el que bajar a recoger el balón y ahí surgía la magia.

Lucha entre Lamine y Laimer

Poco a poco, el campo fue inclinándose hacia la banda derecha, según iniciaba el juego España. En ella había dos bailes a los que no quitar el ojo: uno, el que libraba Porro con Sabitzer, libra por libra el boxeador con más clase de Austria; el otro, el que protagonizaban Lamine y Laimer, el vigilante del Bayern que iba a garantizar brega hasta el minuto ¿90?, ¿120? Tragábamos saliva entonces y confiábamos en que la noche no deparara tanta angustia.

También tragaron saliva los futbolistas cuando el despertador con la pausa de hidratación sonó en la mesilla de noche. A De la Fuente le rodaban bien las cosas, a Rangnick no tanto, así que era lógico que apurara el tiempo de parón para dar sus consignas a los jugadores, sobre todo a su defensa, donde Alaba ejercía de jefe. Tuvo tiempo el bueno de Ralf para recoger a continuación los vasos de plástico que sus pupilos habían dejado sobre el césped. A lo japonés.

Acto seguido asistimos a una jugada puro Globetrotter en la que Lamine dribló, Pedri pasó y Olmo se marcó un giro orientado que finalmente acabó en córner. Al saque de este llegó el gol de Cucurella, anulado por falta de Cubarsí sobre el meta Alexander Schlager. Una lástima. Pero era cuestión de seguir moviendo el árbol porque el buen juego de La Roja mutaba en esos minutos en un auténtico aluvión. Y el gol llegó y fue el mejor reflejo del buen gusto por el balón del vigente campeón de Europa. Pedri asistió, Baena dejó pasar la pelota, Cucurella cedió raso hacia atrás y Oyarzabal remató con una tranquilidad pasmosa, como si se tomara un helado por el Paseo de la Concha. Si alguien quiere explicar cómo juega España, ese tanto habla por uno.

Con el paso de los minutos, la Selección fue haciendo trizas el manual de instrucciones austríaco, sobre todo el primer epígrafe del índice, que dice: gegenpressing. Literalmente, en alemán, que para algo Rangnick es de allí, significa contrapresión. Futbolísticamente se refiere a la presión que ejerces sobre el rival cuando pierdes el balón, pero ¿y si nunca lo has tenido? Porque España ahogó a Austria sin el bien más preciado en este deporte, la pelotita, y de ese modo fue creciendo en autoestima hasta acariciar el 2-0 al borde del descanso con una falta a la escuadra de Baena y el posterior paradón de Schlager al remate a bocajarro de Lamine.

Rangnick decidió guardar a sus dos seguratas, pues Seiwald y Xaver Schlager no volvieron tras el descanso. Grillitsch y Chukwuemeka eran la sangre fresca que introducía el seleccionador austríaco para encontrar un punto de inflexión al partido. No contento con ello, minutos después metió más madera, en este caso más altura, pues entraron en juego Arnautovic (1,92 metros) y Kalajdzic (2,00).

Pero como el fútbol es un niño caprichoso al que no sabemos cómo ver venir, el peligro por alto no lo deparó Austria sino España, cuando Porro cabeceó un extraordinario pase de Baena. Era su primer tanto con la Absoluta, el premio a su gran hacer, el preámbulo al 3-0 que firmaría el insaciable Oyarzabal. Ese fue el carpetazo a la victoria de La Roja en dieciseisavos de final. Por fin lo conseguimos, dieciséis años después superábamos un cruce. Tenemos hasta el lunes para celebrarlo.

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